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AMLO no ha vuelto, pero tampoco se ha ido

AMLO no ha vuelto, pero tampoco se ha ido

Andrés Manuel López Obrador reapareció en la escena pública y, como casi todo lo que lo rodea, el hecho fue leído de maneras opuestas: para la oposición, una amenaza; para la militancia, una señal de acompañamiento. Sin embargo, más allá del ruido inmediato, su mensaje fue mucho más quirúrgico y profundamente político. AMLO no anunció un regreso automático, anunció un regreso condicionado. Y eso lo cambia todo.

El expresidente fue claro en algo fundamental: no volvería a la vida pública por ambición personal ni por disputa interna de poder. Volvería solo si se rompen los límites democráticos, si se intenta un golpe contra el mandato popular que hoy representa la presidenta Claudia Sheinbaum o si se vulnera gravemente la soberanía nacional. Es decir, AMLO no se coloca como actor cotidiano de la política, sino como último resguardo simbólico de un proyecto histórico.

Esa afirmación tiene una carga política enorme. En primer lugar, porque redefine su retiro: no es abandono, es una reserva estratégica. En segundo, porque establece un mensaje directo a la oposición: hay una línea que no pueden cruzar sin consecuencias sociales profundas. Y finalmente, porque envía una señal inequívoca al obradorismo: el liderazgo histórico no se desentiende ni se desmarca, acompaña sin estorbar, respalda sin suplantar.

La oposición ha intentado vender esta reaparición como una intromisión en el nuevo gobierno, pero eso es no entender —o fingir no entender— el gesto. AMLO no regresa para gobernar desde la sombra, sino para dejar claro que la continuidad del proyecto no está desprotegida. Su mensaje no compite con Claudia Sheinbaum, la blinda. Le dice a sus adversarios: el voto popular tiene memoria, y el movimiento tiene profundidad histórica.

También hay una lectura regional e histórica más amplia. América Latina ha aprendido, a veces por la vía dura, que los proyectos progresistas suelen ser erosionados no por las urnas, sino por la combinación de presión económica, mediática y judicial. AMLO parece decir: México ya conoce ese camino y no está dispuesto a repetirlo. Su retorno condicional es, en ese sentido, una advertencia preventiva.

Pero al mismo tiempo, su aparición es un abrazo político a la militancia. A quienes se preguntaban si el fundador del movimiento se había replegado definitivamente, les recuerda que sigue ahí, no para dirigir el día a día, sino para garantizar que el rumbo no sea desviado. Es un mensaje de calma interna: el liderazgo histórico confía en la presidenta, pero no se desentiende del destino colectivo.

Por eso esta reaparición no debe entenderse como nostalgia ni como regreso personalista. Es una intervención simbólica en el momento exacto en que la oposición apuesta por el desgaste, la deslegitimación y el caos. AMLO no vuelve a contender, vuelve a marcar límites. No quiere el poder formal, quiere preservar el mandato popular que lo hizo posible.

En política, a veces estar presente no significa ocupar el centro del escenario, sino recordar que el escenario existe. AMLO ha hecho eso: le habló a sus adversarios con firmeza y a los suyos con serenidad. No ha vuelto del todo, pero tampoco se fue nunca. Y quizás ahí radica la fuerza de su mensaje.

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